miércoles, 10 de febrero de 2016

PODEMOS

Cuando en la Puerta del Sol  se iniciaba el parto del monstruo yo escribía en Facebook:



15M

Estamos asistiendo al paradigma de la estupidez social. Si tuviésemos que creernos lo que nos están diciendo mañana. tarde y noche, unos cientos (o miles, es lo mismo) de individuos tocando la guitarra en la Puerta del Sol, no solamente que ellos  son una muestra del descontento social (que seguro que lo son con todas las de la ley) sino que ellos tienen la única solución de todos nuestros problemas, estaríamos dados. 
Las redes sociales con su cómodo anonimato y los periodistas con su necia necesidad de titulares llamativos han creado un monstruo que los políticos estarán obligados a destruir tarde o temprano. 
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A punto de cumplirse los cinco años del "glorioso evento" (como lo calificarán sin duda insignes exegetas del podemismo) los hechos demuestran que nuestros próceres no solo han sido incapaces de destruir al monstruo sino que, guiados unos por la errónea creencia de poder obtener renta política del caos y otros por la incapacidad de interpretar el aviso a navegantes que en la Puerta del Sol se pregonaba a todos los vientos, lo han nutrido de forma admirable. Algunos, como I.U. y en menor medida el PSOE, pensaron que halagando a los demagogos y potenciando sus protestas podrían debilitar a la derechona, lease PP, y fortalecer sus posiciones. Otros, fueron incapaces de entender la desesperación y la ira de una buena parte de la población castigada hasta la tortura por la situación económica del país, crisis financiera, errores heredados y medidas correctoras del gobierno incluidos. 

El monstruo ha crecido robusto y desmadrado. Una confusa amalgama de filósofos de salón, profesores universitarios de tercer nivel, juezas y jueces neojusticieros, generales antimilitaristas, jóvenes parados sin presente ni futuro, ejemplares punteros de la generación nini, segundones postergados de los más variopintos partidos, habilísimos vendedores y vendedoras de milagrosos ungüentos crecepelos y mágicos bálsamos de Fierabrás, está ocupando el poder en las ciudades más importantes y se dispone a tomar el cielo por asalto, como lealmente nos anunciaron en su debido momento.

Para mayor inri de la sufrida España, el resultado de las últimas elecciones unido a la excepcional figura  de Pedro Sánchez  (excepcional por su enorme ansia de poder y por su escaso sentido del estado) están a punto de abocarnos a una situación que puede ser un intermedio entre la Grecia de Tsiritsa y la Italia de Berlusconi, con un fanático y un ególatra compartiendo (y compitiendo) el gobierno. 
¡¡Que los dioses nos protejan!!

martes, 2 de febrero de 2016

Por siempre Cataluña

 Creo que merece la penar recordar  algunas cosas : Eterna  realidad de un pueblo maltratado


Repasando el blog.  Febrero del 2016



jueves, 9 de enero de 2014


Cataluña en el recuerdo

Los acontecimientos protagonizados durante los últimos meses por el Sr. Mas y sus adláteresrefuerzan la actualidad de lo que yo escribía en este blog hace bastantes semanas: 

 

domingo, 23 de septiembre de 2012



Adiós, Cataluña, adiós.

Una multitudinaria, y bien organizada, manifestación independentista ha venido a recordarnos a todos los españoles algo que muchos de nuestros líderes no quieren oír pero que los políticos catalanes, y la inmensa mayoría de los directivos y portavoces de las instituciones publicas y privadas de Cataluña,  nos vienen repitiendo día tras día, mes tras mes, año tras año: Cataluña no tiene encaje en España. Los catalanes no se sienten españoles. Cataluña está siendo expoliada por España. Cataluña tiene derecho a un estado propio. Cataluña quiere ser independiente de España.
No creo que  sea conveniente, ni viable, obligar a nadie a ser español, ni francés ni catalán, y todos los nacidos en España tenemos derecho a renunciar a la nacionalidad y buscar mejor acomodo en el concierto de los pueblos. Otra cosa es la segregación de un territorio, que durante muchos siglos ha formado parte de un estado, para constituir una nueva nación independiente. Cataluña no es una finca de los partidos políticos y si existe una titularidad de los derechos de propiedad del territorio esta corresponde a todos y cada uno de sus habitantes. No creo que todos los catalanes sean partidarios de la separación de España y me preocupa la manera en la que sería posible, llegada la secesión, salvaguardar los derechos de los que se sienten españoles. No sé, ni creo que nadie sepa, cual sería el tanto por ciento de independentistas necesario para justificar moralmente la toma de una decisión de tanta transcendencia para unos y otros. Es claro que los políticos arrimarán a sus sardinas las condiciones para que las mayorías necesarias se dispongan como convengan a sus intereses, sin reparar en zarandajas morales y otras cuestiones humanas políticamente intrascendentes.
Con la misma timidez y la misma dispersión de siempre, dirigente políticos e intelectuales de todas las raleas han salido al paso de la reclamación catalanista con los argumentos mil veces repetidos: La falsificación de la historia que hacen los nacionalistas, el victimismo económico carente de fundamento, la imposibilidad legal de la secesión, la solución federal de los problemas del estado, etc. etc. Es increíble que señores tan sesudos no se hayan percatado todavía de que el independentismo actual de Cataluña, y el de otras regiones de España, está blindado ante la razón y es insensible a las razones. Treinta años de lavado de cerebro en las escuelas y la utilización masiva de los caudales públicos en favor de todo lo catalán y en contra de todo lo español, han hecho surgir nacionalistas radicales incluso en familias de inmigrantes  cuyas raíces están aun muy vivas en otros lugares de España. Creo que es inútil intentar remediar ahora lo que los errores de nuestra, tan alabada como colmada de barbaridades, transición a la democracia estropeó. Para desgracia nuestra, la cosa ya no tiene arreglo.
Tal como, con otros fines, afirmaba hace pocos días el Sr. Mas, creo que somos muchos los españoles que estamos cansados. Estamos cansados de la reivindicación continua de privilegios económicos por parte de esas que se convino llamar nacionalidades históricas. Estamos cansados de que se nos considere responsables malintencionados de pretendidas desgracias ajenas. Estamos cansados de someternos a las extorsiones de unas gentes que extienden una mano para exigirnos dinero y con la otra nos hacen higas y cortes de manga. Estamos cansados de que se nos ofenda sistemáticamente atacando nuestros símbolos nacionales mientras se nos pide que respetemos y reverenciemos los ajenos.  Creo que ha llegado el momento de que los catalanes, que siempre han exigido el derecho a decidir, decidan:  Una de dos. O dentro de España en igualdad con el resto de los españoles o fuera de España.
Pero una cosa debe quedar clara:  Fuera de España significa fuera de España. Me producen estremecimiento algunas de las cosa que hemos oído en el pasado y que se están repitiendo estos días: Según algunos políticos  de C. y U. y de otros partidos catalanes, la Cataluña independiente mantendría unas relaciones muy estrechas con España y, atendiendo a algunos significados líderes del mundo del fútbol, aunque Cataluña llegue a ser independiente y con federaciones deportivas propias, el Barcelona seguirá compitiendo en la liga  española de fútbol. etc. etc.  Vamos allá, algunos quieren teta y sopas y suspiran por poder oír misa y repicar. Juraríamos que muchos de los catalanes partidarios de la independencia no lo son tanto a la hora de buscarse la vida al margen de España. Me recuerdan estos señores a esos hijos de familia que se independizan de sus padres para no contribuir a la economía familiar ni tener que acatar las normas de la casa, pero que  siguen comiendo la comidita de mamá cuatro o cinco días por semana y todos los sábados siguen llevando la ropa sucia a la casa paterna  para que se la laven y se la planchen. ¡No!. No me opongo a que los catalanes se separen de España, pero antes tienen que comprender y aceptar que situarse fuera de España implica no esperar que Barcelona siga siendo la capital mundial de la edición de libros en lengua española. Fuera de España implica que muchos españoles preferirán comprar un coche fabricado en Valladolid, Valencia o Vigo antes que uno salido de una fábrica de Barcelona. Fuera de España implica que serán cientos de miles los titulares de cuentas de la Caixa que las cancelen para llevar sus dineros y sus nóminas a otras entidades. Fuera de España implica que las empresas con domicilio fiscal en Cataluña serán foráneas para España y para los españoles. Fuera de España es fuera de España, mis queridos compatriotas catalanes. Y no creo que necesitemos recordar a los orgullosos señores de las cuatro barras de sangre que para ser miembro de la Unión Europea hay que contar con la opinión favorable de los demás países, España entre ellos.


sábado, 27 de octubre de 2012



Mis mejores deseos para Cataluña.

Muchas veces he manifestado la inconveniencia y la imposibilidad de obligar a nadie a sentirse español. Los catalanes parece que están llegando, de forma casi unánime, a un acuerdo para denostar a España y a todo lo que de ella les llega y para reclamar un estado catalán independiente, estado que sin lugar a dudas estará preñado de bienestar y progreso.
Yo no me siento ya con fuerzas para intentar rebatir los argumentos en que asientan esas falsas historias de Cataluña y España que, gracias a una impresionantemente bien implantada Formación del Espíritu Nacional (espíritu catalán y nación catalana, naturalmente), han impregnado el alma de una población que, curiosamente, está formada en más del cincuenta por ciento por inmigrantes del resto de España y sus descendientes de primera y segunda generación. Tampoco me considero capaz de rebatir esa falsa historia económica que convierte a los catalanes en las víctimas humilladas  de una depredación implacable, practicada por los castellanos y sus adláteres (léase, por los españoles todos) desde el principio de los tiempos. Creo que a los cantos patrióticos y las leyendas  histórico-políticas de ese pueblo cultísimo, martirizado por muchas generaciones de sádicos celtibéricos carentes del seni catalán, solamente podemos responder con nuestros mejores deseos para la nueva nación  y, una vez se consume la secesión,  esforzándonos en olvidar lo antes posible de la agresión constante a la que nos han sometido durante decenios.
Deseo de todo corazón  que los catalanes puedan vender todos sus productos, agrícolas e industriales, sin tener que rebajarse tratando con miserables compradores españoles. Deseo a los catalanes con el alma en la mano que, en enaltecimiento y protección de su lengua, sus gobernantes prohíban la impresión, en todo el territorio catalán, de escritos en lengua española  y castiguen con penas de prisión, o con la amputación de una oreja, la difusión de cualquier mensaje en tan repugnante idioma. Deseo fervorosamente que los catalanes encuentren una droga que ingerida por niños y adultos (obligatoriamente, claro) les haga vomitar cada vez que, inconscientemente, pronuncien una palabra en la lengua de Cervantes. Deseo sinceramente a los catalanes que los alemanes tengan a bien cambiar el nombre de SEAT por el de SCAT, aunque resulte menos eufónico, y que estén igualmente de acuerdo en reducir la producción de la fábrica de Martorel para adaptarla a la pérdida del despreciable mercado español. Deseo a los catalanes sin ninguna doblez que puedan transformar La Caixa en el Banco Nacional de Cataluña, aunque algunos españoles cancelemos nuestras cuentas. Deseo venturosamente a los catalanes que los ugandeses, libaneses, malteses y otros grandes pueblos declaren el puerto de Barcelona de interés para sus naciones, y así poder compensar la previsible disminución del tráfico de esa instalación marítima cuando deje de ser una de las más importantes puertas de España. Deseo cordialmente que los Catalanes encuentren la forma de que el AVE (deberán cambiarle el nombre, naturalmente, ¿AVC?) que comunica sus cuatro capitales de provincia logre alguna subvención (de Arabia Saudí, por ejemplo) para poderlo mantener en funcionamiento cuando el resto de los españoles dejemos de costear su déficit. Deseo ardientemente a los catalanes que los franceses cambien sus gustos en cuestión de chacinas y embutidos para que los señores de Casa Taradellas, Casademont, y otros muchos industriales, tengan la posibilidad de vender sus salchichones y butifarras antes de que se pudran en sus almacenes. Deseo con la mayor humildad que todos los vinateros del Penedés  encuentren mercado para sus tintos, blancos  y espumosos sin tener que entenderse con los tiranos incultos que durante siglos han esclavizado a su pueblo y se han bebido sus caldos. También deseo a los catalanes que su red de embajadas crezca hasta abarcar el universo entero y que la lengua catalana sea adoptada por la ONU como lengua única y oficial para la concordia universal.  Deseo igualmente que los catalanes disfruten la rebaja de impuestos, la subida de pensiones, las mejoras sin límites en la protección social, que el señor Mas y sus colegas les han prometido para el ansiado momento en que la noble tierra de las cuatro barras de sangre sea ya la Tierra prometida y los catalanes hayan arrebatado a los judíos su condición de pueblo predilecto del Creador. Deseo finalmente que los catalanes puedan cantar armoniosamente el himno de los segadores cuando crucen  los umbrales de la nueva Jerusalén llevando a la cabeza a su Moisés barcelonés (el abad de Monserrat a la limón con don Oriol Pujol escoltarán al Sr. Mas que marchará bajo palio de oro y brocado portado por legítimos herederos de Wilfredo el Velloso). ¡Gloria a la Nueva Cataluña! ¡Alabado sea el Señor y bendito su Santo Nombre! 

lunes, 16 de marzo de 2015

El síndrome triunfante

Las puesta en libertad de unos cuantos asesinos etarras (palabra esta última que ya fue tomada en cuenta por la RAE pero que debería tener un refuerzo peyorativo en su definición) llevadas a cabo de formas más o menos conformes con la legalidad vigente en nuestro siempre absurdo país, vuelve a poner de actualidad una entrada antigua de mi blog que en su momento tuvo una sorprendente acogida.

lunes, 19 de diciembre de 2011


El síndrome austriaco

Ahora, cuando todos queremos creer en el final del terrorismo de ETA y en un futuro sin víctimas ni victimarios, llega el momento de mirar hacia atrás, sin ira pero sin ceguera, para intentar comprender el pasado y presente de la sociedad vasca y para poder entrever su  futuro. Quizás el hecho que más llama la atención en el comportamiento de los dirigentes políticos que ostentan la representación de la mayor parte de la población de las tres provincias sea el afán de crear un caldo común en el que todos los que deberían sentir vergüenza por sus actos: asesinos, cómplices de los asesinos, jaleadores de los asesinos, indiferentes ante los asesinos; se unan a los  muertos, a los mutilados, a los heridos, a los amenazados, a los expulsados, a los insultados; para formar la nueva categoría de "víctimas de la violencia". Esa categoría  se extiende como una gigantesca ameba y poco a poco va englobando a la totalidad de la sociedad vasca. ¡Todos los vascos han sido víctimas de la violencia!; afirman con perseverancia los dirigentes del PNV, del PSE, de Ezker Batua  y de esos otros  que se llaman a sí mismo abertzales. Las  almas bienintencionadas posiblemente los crean  al considerar que, de una o de otra forma, cincuenta años de monstruoso terrorismo han debido afectar a todos. Eso es cierto. Pero ¡Ojo! ¡No  nos confundamos! Ese victimismo colectivo que se postula con tanta insistencia es solamente un intento de cubrir el pasado con una muy conveniente amnesia. El País Vasco se prepara para adoptar "el síndrome austriaco" como única manera de lograr que una buena parte de sus habitantes puedan mirarse al espejo sin sentirse indignos.
Desde la derrota de  Alemania en 1945 los austriacos prefieren no hablar de la guerra, y en caso de tener que hacerlo ponen por delante, de forma unánime, la condición de "primera víctima del nazismo" que, en la declaración de Moscú de 1943, los aliados concedieron al país a cambio de su futura neutralidad y del compromiso de entregar a la justicia los criminales de guerra. Si hubiésemos de creer lo que cuentan los austriacos, los únicos responsables de lo acontecido durante la guerra fueron los  nazis alemanes que controlaron el país desde su anexión al Reich, y ellos fueron solamente víctimas. Los pacíficos habitantes del país alpino prefieren olvidar que la anexión al Reich se hizo con la colaboración de un poderoso partido nazi austriaco, que las tropas alemanas no encontraron la menor resistencia cuando ocuparon el país, que la mayor parte de la población austriaca aceptó la anexión sin problemas y que muchos fueron los que colaboraron, y los demás callaron, en la persecución, deportación y exterminio de judíos, de gitanos, de comunistas y de cuantos  sufrieron el anatema nazi. Lo más triste es que esa interpretación farisea de la historia ha llegado a convertirse en dogma de fe para el común del pueblo austriaco.
No hemos de tardar mucho en ver como únicamente se escuchan en España las voces  infatuadas que proclaman a todos  los vientos que  lo acontecido fuera y dentro del País Vasco fue culpa del conflicto político causado por la sinrazón de España y Francia y que el pueblo vasco solamente ha sido la gran víctima. Se obviarán los cientos de asesinatos de ETA,  se potenciará el eclipse de los que sufrieron el terror en sus carnes, se negarán las cosechas de nueces del PNV, se silenciará cualquier alusión a la repugnante cobardía de los que vieron impasibles como se perseguía y se asesinaba a sus vecinos. En esa confortable visión del pasado, que se extiende como una mancha de aceite dentro y fuera de las vascongadas, solamente existirán las "víctimas de la violencia" y si alguno se atreviese a preguntar por el destino de los verdugos se le acusará de boicotear la paz. ¿La paz de los cementerios?

domingo, 18 de enero de 2015

El castellano abatido

No se trata de una aberración nueva, pero los atentados terroristas de los últimos días han amplificado hasta lo inimaginable el desafuero lingüístico: La policía francesa abatió a los dos hermanos  Kouachi durante el asalto a la imprenta en la que estaban atrincherados; Amedy Coulibaly, el asaltante del supermercado  kosher de París fue abatido  por la policía francesa; La policía belga abate a dos presuntos terroristas durante el registro de una vivienda en Verviers (Valonia).
El DRAE incluye diez acepciones en la entrada Abatir, casi todas con la idea más o menos explícita de hacer caer o derribar. Varios de los significados forman parte de la terminología náutica y uno de ellos es de uso en determinados juegos de cartas. Lo que es indudable es que en la lengua castellana, fija, limpia y esplendorosa según la Academia, abatir no significa matar. Tampoco entre los muchos sinónimos que ilustran el término en el María Moliner o en el Thesaurus de Sopena he podido encontrar semejante equivalencia.
No es necesario ser un genio para descubrir que nos encontramos ante un galicismo puro y duro. En la lengua de Moliere Abattre es, entre otras acepciones similares a las castellanas, sinónimo de tuer y en lenguaje ordinario significa simplemente matar. Hace muchos años tuve ocasión de pasar diariamente, camino del trabajo, ante un edificio ruinoso en cuyo frontispicio campeaba la palabra ABATTOIR, un edificio que se anunciaba en la distancia por un coro de mugidos y balidos de muy fúnebre augurio.
He comprobado que ese uso de abatir en las crónicas de los recientes sucesos se ha prodigado mucho más en los informativos de televisión y de la radio que en la prensa escrita. Especialmente notable ha sido el abuso del término por los corresponsales de TVE en París y Bruselas. Quizás el uso diario del francés y la rutina gozosamente irresponsable de los que creen tener un trabajo seguro  los incline a no complicarse la vida escarbando en el diccionario para algo de tan poco provecho como hablar un español algo menos descuidado.
También ha pasado por mi mente la posibilidad de que nos encontremos ante un ejemplo más de ese pudor, repugnancia diría yo, que acomete a los españoles cuando se enfrentan a la indeseable existencia de la muerte. Al igual que en los accidentes de tráfico nunca hay muertos sino ¡¡víctimas mortales!! la policía tampoco debe "matar" a nadie. Ha llegado el momento de que en España no "matemos", cosa horrible y grosera, sino simplemente "abatamos", que es algo mucho más elegante e incruento.

jueves, 8 de enero de 2015

El Islam incompatible.

El repugnante ataque sufrido por la revista semanal Charlie está poniendo de relieve, una vez más, la profunda incoherencia de una muy buena parte de las "mentes pensantes europeas". Se puede incluir en esa "muy buena parte" a la mayoría de los políticos y a una muy apreciable fracción de los periodistas, politólogos e "intelectuales" diversos.
Las llamadas a la calma, a no confundir el islam con los islamistas, a poner por delante de todo la sacrosanta tolerancia, a respetar los derechos de los inmigrantes, a no exagerar los peligros para no despertar una mayor alarma social, resuenan en todos los medios de comunicación con una insistencia asombrosa. No se trata de nada nuevo. Los mismos cánticos se han oído cada vez que alguna matanza o alguna otra barbaridad, cometida en el nombre de "Alá, el grande y el misericordioso", ha sacudido nuestras adormecidas conciencias.
Curiosamente el asalto a Charlie  ha coincidido con el escándalo provocado entre los biempensantes por la novela  "Sumisión", en la que el escritor francés Houellebecq, políticamente incorrecto donde los haya, insiste en sus tesis sobre la islamización de la gran república. Y también con las manifestaciones, de uno y otro signo que, con similares motivos, han conformado parte de la actualidad alemana delos últimos días. El pensamiento de Houellebecq, al igual que el de Lutz Bachmann, impulsor del movimiento anti islámico alemán, debe ser analizado con visión  muy crítica pero no puede ser descalificado sin más argumentos que la necesidad de tolerancia y respeto a la cultura de los otros.
Desagrade a quien desagrade y ofenda a quien ofenda, lo único cierto es que el islam es incompatible con la civilización occidental. Esa incompatibilidad tiene sus raíces en en el Corán que, al contrario que los Evangelios, es en si mismo un marco enormemente rígido de la vida de los creyentes, un marco que transciende lo simplemente religioso para entrar en todos los ámbitos de la vida, impidiendo el desarrollo de la sociedad civil. 
La injerencia de las religiones en la vida civil de los puebles ha sido una constante en la historia de la humanidad y el cristianismo no se libra de ese estigma. Durante siglos la libertad de pensamiento de los europeos se vio constreñida por la intransigencia de la autoridad religiosa, ya fuese la del papado o la del patriarcado oriental. Una autoridad que utilizó todos los medios a su alcance, incluida las más brutales de las violencias, para controlar férreamente a sus fieles. Fueron necesarios  tres siglos de sufrimiento, de reformas, de contra reformas y de guerras de religión para que, a finales del dieciocho, la libertad pudiese iniciar el largo camino conducente a asignar los justos ámbitos de poder a altares, cátedras y tribunales. Hoy día las distintas iglesias cristianas respetan el marco legal de nuestras sociedades y salvo algunos grupúsculos, o cofradias, o sectas (llámeselas como se quiera) no suelen incidir con violencia en la vida civil, ni siquiera en los casos en que manifiestan su disgusto por normas que consideran perniciosas para sus fieles.
El problema que nos ocupa tiene su origen en que esa dura y larga evolución de las confesiones cristianas ha brillado por su ausencia  en el mundo islámico. Durante el pasado siglo hubo numerosos intentos, más o menos prolongados en el tiempo, de laicizar algunos países musulmanes o de hacer compatible su confesionalidad con una sociedad civil libre y moderna. El fracaso acompañó todos y cada unos de esos ensayos, incluido el de la Turquía laica de Mustafa Kemal Atatürk, que hoy agoniza en manos del "islamismo moderado" de  Erdogan. En todo el norte de África (Un paseo desde el pasado reciente hasta al momento actual de Marruecos podría ser muy ilustrativo para algunos) es fácil comprobar como los últimos treinta años han supuesto un estancamiento, y en muchos caso un retroceso, de los tímidos intentos para adaptarse al mundo moderno que realizaron algunos gobiernos poscoloniales y como un integrismo más o menos evidente va radiando desde las mezquitas  a todos los ámbitos sociales. 
Creo que el futuro deparará tiempos muy duros para ese sueño que algunos ingenuos quisieron edificar bajo el bonito nombre de la Alianza de civilizaciones. Puede ser duro de aceptar pero no creo que ninguno de los acérrimos defensores de la tolerancia infinita estuviese dispuesto a convivir ni siquiera un minuto con aquellos católicos, calvinistas, hugonotes, etc. que con su intolerancia cubrieron de sangre toda Europa y más de la mitad del mundo desde la Edad Media hasta el triunfo de la  Ilustración. 
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domingo, 30 de noviembre de 2014

A propósito de la putrefacción nacional.

Traigo aquí otra entrada antigua que mantiene plena actualidad.  Se podría enriquecer, ciertamente, con "tarjetas en negro",  barcenerías vomitivas, podredumbre sindical y otras pestilencias nacionales.
Hay que ser muy optimista para ver la salida del túnel a pesar de la pléyade  de nuevos líderes y lideresas. Pese al firme propósito de no volver a escribir sobre la actualidad política nacional, limitada al separatismo y la corrupción, no tendré más remedio que escribir algún día unas lineas sobre esos nuevos profetas que nos prometen "Días  de leche y miel".

viernes, 13 de enero de 2012


Días de caviar y coca.

Pocos españoles de bien habrán dejado de sentir repugnancia al oír una y otra vez en los noticiarios de radio y televisión la voz gangosa de Ricardo Costa Climent diciéndole a Álvaro Pérez, conocido como en el mundo de la basura y la podredumbre como el Bigotes, "necesito cien gramos de caviar...   para la cena de nochebuena".  Estas líneas  las escribe alguien que se encuentra entre aquellos que no pueden ni podrán comprender jamás que un partido político, en este caso el Popular,  admita en sus filas, confíe puestos de responsabilidad y, llegado el caso, proteja, a individuos que, en cuanto abren la boca, son fácilmente encajables en la categoría de los seres babosos y rastreros. Pero el señor Costa no está solo en el mundo de la inmundicia. El juicio que se desarrolla en Valencia está siendo demoledor para los encausados y, tras las declaraciones de los testigos y la audición de la grabaciones, es difícil entender como el señor Camps pudo llegar a ocupar la presidencia de la Generalidad valenciana. Está quedando claro que el señor de los trajes carece, no solamente del mínimo de integridad exigible para alcanzar tan alta magistratura, sino también de la inteligencia necesaria para saber lo que, en su propio beneficio, le hubiese convenido hacer una vez desencadenado el lastimoso affaire de su fondo de armario. Nadie sensato piensa hoy que la falta de ejemplaridad, que diría la Casa del Rey, de los señores Camps y Costa se haya limitado a recibir regalos de mediano valor y dudoso origen a cambio de nada. Fuere el que fuere el resultado del juicio, la sombra del cohecho, del enriquecimiento ilícito, de la financiación ilegal del partido, de la corrupción en el más amplio de los sentidos, tardará mucho tiempo en abandonar a los políticos del PP valenciano, que se empeñaron en defender lo indefendible impulsados seguramente  por ese "espíritu de cuerpo" que tan extendido está entre nuestros políticos y que tanto daño ha hecho y hace al país.
Pero lo que más entristece a muchos es saber a ciencia cierta que ninguno de los partidos políticos que dicen servir el buen gobierno de nuestras instituciones resiste el más somero análisis de su gestión sin tener que repartir previamente pinzas para la nariz. Los "cien años de honradez", que según los miembros del PSOE eran la garantía que presentaba su partido en 1977, fueron el preludio de cuarenta años en los que la corrupción ha sido la constante identificadora de los gobiernos del puño y la rosa. La Cruz Roja, el Boletín Oficial del Estado, RENFE, la Guardia Civil, fueron algunos de los organismos en los que los gestores colocados por Felipe González nos dieron unas lecciones magistrales del arte de las mangancias y los latrocinios. Los negocios de "el henmamo de su henmano" dieron al traste con cualquier pretensión que pudiera haber tenido Alfonso Guerra de pasar "limpio" a la historia. Pero quizás seamos los andaluces los que hemos tenido que contener las arcadas  más veces. Los cuarenta años de gobierno socialista en nuestra comunidad han estado jalonados por mil escandalosos asuntos que ni siquiera el poder omnímodo del régimen, encabezado durante una eternidad por mi paisano Manuel Chaves, pudo evitar que saliesen a la luz. El heredero de Chaves, el muy anodino señor Griñán, está pasando los últimos meses de su reinado chapoteando en el fango de los ERE, de los negocios del Clan Chaves y de los mil asuntos sucios de los munícipes socialistas. Nadar en ese cúmulo de basura no debe ayudarle a conciliar el sueño, pero lo que quizás le esté obligando a  tomar cada noche una buena cantidad de somníferos es el salto a la luz pública del asombroso negocio del antiguo Director General de Trabajo de la Junta, Francisco Javier Guerrero, y  su chofer, Juan Francisco Trujillo. El glorioso y afamado director general de los ERES, que durante una decena de años manejó con la liberalidad de un Craso muchos millones de euros del erario público en beneficio de sindicalistas y amiguetes diversos, concedió a su conductor "subvenciones fáciles" por más de un millon de euros  y luego los dos compartieron  amigablemente la cocaína y otras "delicias" compradas con tan honorables dineros. El asunto es tan repugnante que hasta el más infame de los socialista no podrá dejar de sonrojarse cada vez que vea los titulares de los periódicos.
Triste país el nuestro que, tras cuarenta años de "democracia", solamente ha conseguido llegar a estos alegres "días de caviar y coca".

viernes, 24 de octubre de 2014

A propósito del Ébola

El reciente, todavía de actualidad, episodio de infección por el virus  del Ébola en el hospital Carlos III me reafirma en lo que hace ya casi un año escribía en estas páginas  acerca de la relación esquizofrénica  del hombre moderno con la enfermedad. 


El imperio del "bienestar"


jueves, 14 de noviembre de 2013

Desde mi más tierna infancia (precioso tópico ese de la tierna infancia) me fastidian enormemente algunas de las constantes del comportamiento humano. Me estoy refiriendo específicamente a la tendencia a ocultar, obviar, camuflar, negar, cuanto de duro, difícil o amargo tiene el discurrir de nuestra vida en este hermoso valle de lágrimas. Solamente las melancolías de los enamorados parece tener derecho a escapar a la alegría y luminosidad que exigimos a todo lo que nos rodea. En la obsesión por lo bueno, bonito y barato que se ha adueñado de las sociedades desarrolladas, las desgracias solamente son admisibles a la hora del telediario y siempre a condición de que los desgraciados sean “otros” y de que se nos presenten sus males de forma "civilizada".

Nunca he podido aceptar la tendencia a considerar la muerte como un tema proscrito de nuestras conversaciones, como algo en lo que es mejor ni siquiera pensar, como materia que exige de los eufemismos para enmascarar sus realidades, como un asunto del que los niños no deben tener noticia hasta que sean bien grandecitos. Parece que la gente cree que hablando de ¿¿¡¡víctimas mortales!!?? ya no hay muertos en las carreteras o que  mirando hacia otro lado al pasar por el cementerio se puede alcanzar la inmortalidad. Esa búsqueda del disfraz puede que explique el que ya no existan en los periódicos notas necrológicas, ahora tienen “obituarios”. Necrológico era un término demasiado fúnebre, familiar para el hombre vulgar y el cultismo siempre ha sido muy útil en el camuflaje de las realidades de la vida: óbito, defunción, deceso, fallecimiento, o incluso exitus. Todo vale, incluso el denostado latín, antes que nombrar a la bicha, perdón he querido decir a la muerte.

En lo referente a la enfermedad, otro de los grandes tópicos de nuestro tiempo, existe una curiosísima dualidad. Las enfermedades leves, y las crónicas, se han convertido en un tema banal en la conversación de las gentes. Se puede competir públicamente, en los supermercados, en las salas de espera de los centros de salud o en las colas de los cines, para hacer valer la grandeza de los respectivos currículos sanitarios, para loar lo abultado de las historias clínicas. Es algo asombroso, pero parece que son muchos los que consideran que a más enfermedades y a más pastillas, ¡más caché! Otro gallo canta cuando el mal supone un peligro para la vida. Del regodeo goloso en la nomenclatura de las enfermedades se salta rápidamente al tabú. Si hemos de creer a nuestros medios de comunicación, la gente nunca muere de cáncer sino de "larga y penosa enfermedad". Pero no son los medios los únicos que huyen de la realidad. Hay muchos enfermos que prefieren que los médicos no sean demasiado explícitos cuando les comunican sus diagnósticos y son muchedumbre los que rechazan que les digan la verdad respecto al pronóstico. Retrata muy bien nuestra sociedad el terror que despertó en su momento el SIDA. El terrible mal hizo su aparición en una época en que los habitantes del mundo desarrollado estaban convencidos de que las muertes por enfermedades infecciosas eran cosa del pasado y que, salvo casos de mala suerte, todo podía arreglarse con una buena ración de antibióticos. Grande el error y grande el castigo. Pero aún nos quedan cosas muy curiosas por ver en este asunto. Mucho está costando vencer el VIH, pero ya tenemos algunos resultados muy interesantes y  los avances logrados en el tratamiento han sido acogidos con un suspiro de alivio muy justificado, pero he aquí que el alivio va unido a un peligroso retorno a la creencia de que todo se puede arreglar con unas cuantas pastillas. Por ello la primera respuesta  al avance terapéutico ha sido el abandono de las precauciones higiénicas básicas por una buena parte de los que están inmersos en conductas de riesgo. No hay que asombrarse. Se trata de una constante en la historia de la humanidad. El miedo, la negación y la imprudencia han marcado, marcan y marcarán siempre la relación del hombre con la enfermedad.

Otro tema vedado durante años fue la pobreza. En las sociedades del bienestar no se podía aceptar la existencia de pobres. Salarios sociales, programa de integración social, sanidad y pensiones no contributivas, subsidios de mil tipos. Todo ello con la loable intención de evitar sufrimientos pero también con el hipócrita objetivo de eliminar de nuestras vidas el desasosiego que produce la contemplación de la desgracia ajena. Y debo resaltar lo de la contemplación ya que nunca como en nuestros tiempos se ha cumplido más a rajatabla ese dicho tan cargado de cinismo y de verdad: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. La actual crisis económica ha puesto en entredicho la capacidad del estado para mantener el medianamente aceptable nivel de bienestar general que habíamos logrado, ahora resulta inútil intentar esconder la pobreza. La reacción de una buena parte de la población está siendo una mezcla de justificado temor con una afectada indignación basada en la desmemoria y alimentada por intereses políticos. Todo vale menos asumir que la única solución a la crisis social actual es repartir entre todos los daños producidos por la catástrofe. Basta oír a los representantes de cualquier colectivo al que se pide un sacrificio para darse cuenta que todos creemos que  los sacrificios deben ser solamente para “los otros” ya que todos estamos convencidos de que "la enorme importancia de nuestra función social" no admite recorte alguno. Todo el que tiene voz se lamenta de la pobreza de los excluidos, pero todo el que puede hacerlo  olvida contribuir con su grano de arena para evitarla.