La "no guerra" de Ucrania ha reverdecido un viejo triunfo de la incuria periodística sobre nuestra maltratada lengua. ¡Barracones! La primera vez que el horrible palabro rebotó en mis tímpanos (palabra es término demasiado noble para poder aplicarlo a semejante engendro semántico) fue durante los primeros enfrentamientos que pronto habrían de conducir a la voladura (patrocinada por la muy democrática Alemania) de aquella Yugoslavia cuyas costuras mal hilvanadas Tito nunca consiguió consolidar. No entra en mi ánimo restar méritos a los muy arrojados corresponsales que nos ponen al día de la sangría, o sangrías, del momento, no puedo menos que admirar el valor y el espíritu de sacrificio con que desarrollan su trabajo, pero mis desalmadas orejas no perdonan las ofensas a la lengua y, a fin de cuentas, consultar un diccionario no es demasiado difícil incluso cuando se vive en un cuatro estrellas de Zagreb o de Kiev.
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