sábado, 27 de octubre de 2012

La desafección nacional.

Creo que los argumentos expuestos en esta entrada del blog de la primavera pasada se ven reforzados por los acontecimientos un día tras otro. Día a día se comprueba como el "buenismo nacional" no sirve para que los nacionalistas encuentren encaje en nuestra España, por muy "Plurinacional" que queramos hacerla y por muy "inclinados al diálogo" que se muestren nuestros dirigentes. Espero que Dios o los hados protejan a España, ya que los españoles somos incapaces de hacerlo.

Entre pitos y flautas.

Varios decenios han transcurridos desde que los nacionalismos, moderados y radicales, se percataron de la inconsistencia de la "Nación Española" e iniciaron, sin prisas pero sin pausas, el camino de la secesión de sus "naciones históricas". Un rosario infinito de actuaciones incontestablemente contrarias a la letra y al espíritu de la Constitución han ido jalonando la vida política española desde que se reinstauró la democracia hasta nuestros días. Muchas de esas actuaciones destacan por manifestar un desprecio absoluto a las ideas y sentimientos de una buena parte de los españoles. Un observador neutral podría deducir que los nacionalistas catalanes y vascos están lanzados a una carrera in crescendo de ofensas gratuitas a los que por el momento somos sus compatriotas.

La reciente polémica sobre la premeditada y bien respaldada "pitada" a nuestro Himno nacional durante la final de la Copa del Rey ha puesto de manifiesto una vez más la ausencia de conciencia nacional y el miedo a no ser políticamente correctos de la mayor parte de nuestros dirigentes políticos y de casi todos los periodistas que medran y vegetan en los medios de comunicación. Pero mucho más significativa que la actuación de políticos y periodistas ha sido la indiferencia con la que la gente ordinaria ha acogido el rifirrafe.

Parece ser que el que un buen número de dirigentes políticos nacionalistas pidiese sin ningún recato que los "hinchas" de sus equipos de fútbol se concertasen para pitar y abuchear al Rey y al Himno nacional no debe ser considerado más que como una muestra de la "libertad de expresión". Según ellos y sus apologetas el hecho de que el Himno y el Rey sean símbolos de España y de la convivencia de los españoles no puede ser un obstáculo al "ejercicio de las libertades democráticas". El que las ofensas a los símbolos de la Nación estén calificadas como delitos en el código penal no es, según ellos, más que un residuo de los vicios dictatoriales del pasado. Naturalmente la posibilidad de que al margen de lo que digan las leyes muchos, o pocos, españoles pudieran sentirse ofendidos por el ultraje a sus símbolos no sería más que una muestra de nacionalismo español "ultramontano y democráticamente inadmisible."

Pero la polémica no surgió como respuesta a esa tan democrática convocatoria de los nacionalistas sino como clamor hipócritamente escandalizado contra las manifestaciones de la presidente de la Comunidad de Madrid. Doña Esperanza no hizo más que denunciar la instrumentación política de la Copa del Rey por los nacionalistas y pedir que se adoptasen las medidas necesarias para impedirlo, pero su propuesta obtuvo como respuesta una descalificación irracional por parte de la mayor parte de los dirigentes políticos, incluido su copartidario Basagoiti, y un silencio vergonzoso del resto. Provocadora, irresponsable, extremista, hipócrita, fascista, han sido algunas de las lindezas verbales que esas almas cargadas de talante democrático que dominan el panorama público hispano han dedicado a la autora de la infausta propuesta de que no se permitiese la ofensa a los símbolos de la Nación.

Es curioso observar que son los mismos que predican el respeto a ultranza a las banderas, himnos y otros signos externos de las comunidades autónomas los que minimizan el valor de los símbolos comunes a todos los españoles y restan importancia a los ultrajes que, un día sí y otro también, sufre nuestra bandera. No es cosa nueva: desde los albores de la democracia la enseña nacional ha estado ausente del interior de las sedes de altas instituciones catalanas y vascas, como son los despachos de los presidentes de las dos comunidades, y de las fachadas de un sinnúmero de edificios públicos. Son pocos los países civilizados en los que hay que recurrir a las leyes para intentar que algunas instituciones públicas utilicen la Bandera nacional y en los que dirigentes de partidos políticos supuestamente democráticos promuevan y apoyen “guerras de banderas”.

Entre la presión constante de los nacionalistas y el “no tiene importancia” de las almas bien intencionadas, vemos como España se desliza hacia ese algo “discutido y discutible” que predicaba vesánicamente nuestro nunca suficientemente denostado Sr. Zapatero. Creo que se está acercando la hora de que los españoles nos planteemos seriamente la posibilidad de tener una vida mejor y más honorable en una España más pequeña y unida. Dice el refrán: A enemigo que huye, puente de plata.

lunes, 8 de octubre de 2012

Así está España. ¡Ya nos lo contaba don Benito!


Así hemos venido todo el siglo, navegando con sinnúmero de patrones, y así ha corrido el barco por un mar siempre proceloso, a punto de estrellarse más de una vez; anegado siempre, rara vez con bonanzas, y corriendo iguales peligros con tiempo duro y en las calmas chichas. Es una nave esta que por su mala construcción no va nunca a donde debe ir: los remiendos de velamen y de toda la obra muerta y viva de costados no mejoran sus condiciones marineras, pues el defecto capital está en la quilla, y mientras no se emprenda la reforma por lo hondo, construyendo de nuevo todo el casco, no hay esperanzas de próspera navegación. Las cuadrillas de tripulantes que en ella entran y salen se ocupan más del repuesto de víveres que del buen orden y acierto en las maniobras. Muchos pasan el viaje tumbados a la bartola, y otros se cuidan, más que del aparejo, de quitar y poner lindas banderas. Son, digan lo que quieran, inexpertos marinos: valiera más que se emborracharan, como los ingleses, y que borrachos perdidos supieran dirigir la embarcación. Los más se marean, y la horrorosa molestia del mar la combaten comiendo; algunos, desde la borda, se entretienen en pescar. Todos hablan sin término, en la falsa creencia de que la palabra es viento que hace andar la nave. Esta obedece tan mal, que a las veces el timonel quiere hacerla virar a babor y la condenada se va sobre estribor. De donde resulta ¡ay! que la dejan ir a donde las olas, el viento y los discursos quieren llevarla.
Benito Pérez Galdós, De Oñate a La Granja, pág. 45.

sábado, 29 de septiembre de 2012

El no ser del PSC.


Creo que los acontecimientos de los últimos días ponen de actualidad lo que yo escribía en este blog hace ya casi un año. Ahora el problema no es la elección de un secretario general, sino el posicionamiento ambiguo del PSC ante el independentismo de Convergencia. 

miércoles, 30 de noviembre de 2011


PSC. ¡Ser, o no ser, es la cuestión!

La posible, e incierta, candidatura de doña Carme Chacón a la secretaría general del Partido Socialista ha reavivado una vieja cuestión: ¿El PSC es parte del PSOE? Quizás la mejor respuesta la encontremos en la web del mismo PSC: "Aquest nou partit, el PSC, es constituïa com a partit sobirà, autònom respecte del PSOE, però amb un protocol d'unitat que establia la seva participació en els òrgans federals: l'Executiva, el Comitè Federal, i el Congrés. El PSC, per tant, és un partit sobirà federat al PSOE, i això el fa singular en el conjunt del socialisme espanyol ja que, tot i participar en els seus òrgans federals, té personalitat jurídica pròpia, finances independents i manté una total autonomia d'acció en el marc de la política catalana."
Está bien claro. El PSC es un partido soberano con personalidad jurídica y economía propias que, sin embargo, tiene derecho a participar en todos los órganos federales del PSOE. Esta peculiar relación está fundada en al acuerdo, de abril del 77, por el que se produjo la absorción de la Federación catalana del PSOE por el PSC. El partido socilalista catalán, pese a sus pretensiones "históricas" había nacido un año antes por la fusión de diversos grupúsculos socialistas catalanes. Un acuerdo tan asimétrico solamente puede hoy comprenderse teniendo en cuenta la indigencia de conocimientos políticos e históricos que caracterizaba a los dirigentes del PSOE de la época. Posiblemente sean muchos los que en el PSOE actual se asombran de la falta de visión de futuro que los llevó a desaparecer como partido en Cataluña, con la única contrapartida de intentar asegurar para el "socialismo catalán" la victoria en las elecciones del 77, e impedir con ello el triunfo de la "derecha".
Pero para comprender el problema no es suficiente conocer la situación "de iure", ya que en el quehacer diario la que vale es la "de facto". Basta echar la mirada atrás para comprobar como el PSC ha actuado siempre al margen del PSOE, e incluso en contra de sus intereses. Incapaces de enfrentarse a sus socios y dominados por un terrible complejo de inferioridad, los órganos federales del Partido Socialista han minimizado una vez tras otra la importancia de los desacuerdos y la iniquidad de las traiciones de "los compañeros catalanes". Quizás fue Pascual Maragall, primero alcalde de Barcelona y luego presidente de la Generalidad, quien comenzó a dejar ver sin ningún pudor que, en su partido, el catalanismo pesaba mucho más que el socialismo y desde luego mucho más que "lo español". Su deriva nacionalista llegó la cima con el nuevo Estatuto de Autonomía y con el consiguiente referendo, para el que el PSC utilizó el interesante lema "Sí: guanya Catalunya. No: guanya el PP". Su sucesor en la presidencia y en el gobierno del partido, José Montilla, demostró con su alianza con los independentistas de Esquerra Republicana, y con sus actuaciones como cabeza visible del "tripartito", como el afán de dejar de ser un charnego puede hacer que algunos olviden sus propios orígenes y las tierras de sus padres. Maragall y Montilla, con gran desilución de los no nacionalistas que los habían votado, no perdieron durante sus mandatos ni una sola oportunidad de demostrar su independencia del PSOE, ni de hacer gala de un catalanismo ultramontano en absurda competencia con los nacionalismos de CyU y de Esquerra Republicana. Triste es decirlo pero, olvidando que sus bases están nutridas preferentemente por esos a los que los nacionalistas radicales llaman charnegos y los más "caritativos" els altres catalans, el PSC ha querido demostrar por activa y por pasiva que ¡a catalanista no le gana nadie! y, claro, ¡así les está yendo en las últimas elecciones!
Ya se oyen voces que, desde dentro del PSOE, reclaman la denuncia de los pactos del 77 y la refundación del partido en Cataluña y son muchos más los que, aún a riego de ser tachados de anti catalanes, niegan a los miembros de PSC el derecho a alcanzar la secretaría general del partido. No es difícil comprender que, con parecidos antecedentes, el proceder de PSE esté produciendo la misma amarga frustración en muchos socialistas de dentro y de fuera del País Vasco, y que el problema alcanzará tarde o temprano a todas las federaciones del partido. Las recientes derrotas electorales pueden acentuar la disgregación del PSOE o, ¡ojalá fuese así!, servir de revulsivo y propiciar su regeneración. Seamos optimistas. Quizás algún día los "socialistas obreros españoles" intenten corregir los errores que, al apoyar a sus partidos "hermanos", los han hecho cómplices del deterioro creciente de la convivencia entre las regiones de España. Pero deben actuar con diligencia ya que el agua derramada es difícil de recoger y la desesperanza se está extendiendo como una mancha de aceite.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Nadadoras indignadas.

Los medios de comunicación llevan unos cuantos días dándole vueltas a esa carta en la que algunas deportistas, que habían formado parte del equipo nacional de natación sincronizada, denuncian las presiones y vejaciones a las que, durante años, las sometió su entrenadora. No ha llegado a mí ninguna información que me permita pensar que los hechos denunciados sean falsos y que las nadadoras mientan, pero sí debo decir con toda sinceridad que algo huele a podrido en Dinamarca. Esas señoras ponen el grito en el cielo por el trato verbal que recibían durante los entrenamientos y nos cuentan que se las "llamaba gordas" y que se les impedía "salir de la piscina para vomitar". Si la única expresión desagradable de la entrenadora era llamar gorda a alguna de las nadadoras, debo decir que  en la natación sincronizada el "lenguaje de trabajo" es versallesco comparado con ese, mucho más próximo a lo cuartelero que a cualquier otro argót, que se suele oír a todas horas en los gimnasios y estadios. Si verdaderamente la entrenadora las humillaba, me asombra que esas señoras hayan esperado a estar fuera de la selección y a que se relevase a la presunta tirana para realizar sus denuncias. El caso parece encuadrarse dentro de los que podemos calificar como de "indignación sobrevenida".
Todo el asunto tiene unos tufillos a hipocresía que me hacen desconfiar en la honorabilidad de las intenciones. Estos dimes y diretes encajan mejor con las venganzas de los que no fueron capaces de lograr sus objetivos y con los politiqueos federativos.  Enfín,  el tiempo dirá si yerro.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Adiós, Cataluña, adiós.

Una multitudinaria, y bien organizada, manifestación independentista ha venido a recordarnos a todos los españoles algo que muchos de nuestros líderes no quieren oír pero que los políticos catalanes, y la inmensa mayoría de los directivos y portavoces de las instituciones publicas y privadas de Cataluña,  nos vienen repitiendo día tras día, mes tras mes, año tras año: Cataluña no tiene encaje en España. Los catalanes no se sienten españoles. Cataluña está siendo expoliada por España. Cataluña tiene derecho a un estado propio. Cataluña quiere ser independiente de España.
No creo que  sea conveniente, ni viable, obligar a nadie a ser español, ni francés ni catalán, y todos los nacidos en España tenemos derecho a renunciar a la nacionalidad y buscar mejor acomodo en el concierto de los pueblos. Otra cosa es la segregación de un territorio, que durante muchos siglos ha formado parte de un estado, para constituir una nueva nación independiente. Cataluña no es una finca de los partidos políticos y si existe una titularidad de los derechos de propiedad del territorio esta corresponde a todos y cada uno de sus habitantes.No creo que todos los catalanes sean partidarios de la separación de España y me preocupa la manera en la que sería posible, llegada la secesión, salvaguardar los derechos de los que se sienten españoles. No sé, ni creo que nadie sepa, cual sería el tanto por ciento de independentistas necesario para justificar moralmente la toma de una decisión de tanta transcendencia para unos y otros. Es claro que los políticos arrimarán a sus sardinas las condiciones para que las mayorías necesarias se dispongan como convengan a sus intereses, sin reparar en zarandajas morales y otras cuestiones humanas políticamente intrascendentes.
Con la misma timidez y la misma dispersión de siempre, dirigente políticos e intelectuales de todas las raleas han salido al paso de la reclamación catalanista con los argumentos mil veces repetidos: La falsificación de la historia que hacen los nacionalistas, el victimismo económico carente de fundamento, la imposibilidad legal de la secesión, la solución federal de los problemas del estado, etc.etc.. Es increíble que señores tan sesudos no se hayan percatado todavía de que el independentismo actual de Cataluña, y el de otras regiones de España, está blindado ante la razón y es insensible a las razones. Treinta años de lavado de cerebro en las escuelas y la utilización masiva de los caudales públicos en favor de todo lo catalán y en contra de todo lo español, han hecho surgir nacionalistas radicales incluso en familias de inmigrantes  cuyas raíces están aun muy vivas en otros lugares de España. Creo que es inútil intentar remediar ahora lo que los errores de nuestra, tan alabada como colmada de barbaridades, transición a la democracia estropeó. Para desgracia nuestra, la cosa ya no tiene arreglo.
Tal como, con otros fines, afirmaba hace pocos días el Sr. Mas, creo que somos muchos los españoles que estamos cansados. Estamos cansados de la reivindicación continua de privilegios económicos por parte de esas que se convino llamar nacionalidades históricas. Estamos cansados de que se nos considere responsables malintencionados de pretendidas desgracias ajenas. Estamos cansados de someternos a las extorsiones de unas gentes que extienden una mano para exigirnos dinero y con la otra nos hacen higas y cortes de manga. Estamos cansados de que se nos ofenda sistemáticamente atacando nuestros símbolos nacionales mientras se nos pide que respetemos y reverenciemos los ajenos.  Creo que ha llegado el momento de que los catalanes, que siempre han exigido el derecho a decidir, decidan:  Una de dos. O dentro de España en igualdad con el resto de los españoles o fuera de España.
Pero una cosa debe quedar clara:  Fuera de España significa fuera de España. Me producen estremecimiento algunas de las cosa que hemos oído en el pasado y que se están repitiendo estos días: Según algunos políticos  de C.y U. y de otros partidos catalanes, la Cataluña independiente mantendría unas relaciones muy estrechas con España y, atendiendo a algunos significados líderes del mundo del fútbol, aunque Cataluña llegue a ser independiente y con federaciones deportivas propias, el Barcelona seguirá compitiendo en la liga  española de fútbol. etc.etc.  Vamos allá, algunos quieren teta y sopas y suspiran por poder oír misa y repicar. Juraríamos que muchos de los catalanes partidarios de la independencia no lo son tanto a la hora de buscarse la vida al margen de España. Me recuerdan estos señores a esos hijos de familia que se independizan de sus padres para no contribuir a la economía familiar ni tener que acatar las normas de la casa, pero que  siguen comiendo la comidita de mamá cuatro o cinco días por semana y todos los sábados siguen llevando la ropa sucia a la casa paterna  para que se la laven y se la planchen. ¡No!. No me opongo a que los catalanes se separen de España, pero antes tienen que comprender y aceptar que situarse fuera de España implica no esperar que Barcelona siga siendo la capital mundial de la edición de libros en lengua española. Fuera de España implica que muchos españoles preferirán comprar un coche fabricado en Valladolid, Valencia o Vigo antes que uno salido de una fábrica de Barcelona. Fuera de España implica que serán cientos de miles los titulares de cuentas de la Caixa que las cancelen para llevar sus dineros y sus nóminas a otras entidades. Fuera de España implica que las empresas con domicilio fiscal en Cataluña serán foráneas para España y para los españoles. Fuera de España es fuera de España, mis queridos compatriotas catalanes. Y no creo que necesitemos recordar a los orgullosos señores de las cuatro barras de sangre que para ser miembro de la Unión Europea hay que contar con la opinión favorable de los demás países, España entre ellos.










jueves, 9 de agosto de 2012

De tiendas con Sánchez Gordillo.

Estos últimos días el calor nos invita a permanecer a la sombra y a no hacer nada, ni siquiera pensar. Ha tenido que producirse la visita a unos supermercados de nuestro ínclito alcalde de Marinaleda, acompañado por sus acólitos del ahora llamado Sindicato Andaluz de Trabajadores (El antiguo SOC parece haber abandonado lo de Obrero y del Campo), para decidirme a sacudir la pereza y sentarme ante el teclado dispuesto a pergeñar una nueva entrada en el blog.
Creo que en estos momentos todos los españoles, y muchos de los que habitan más allá de los Pirineos, están perfectamente informados de la última genialidad de ese personajillo que ha sabido explotar la milenaria ignorancia de una parte nada desdeñable del campesinado andaluz para montar, en compañía de su inseparable Diego Cañamero, un tinglado político sindical que les ha permitido vivir del cuento los últimos treinta y cinco años. Digo vivir del cuento porque los proyectos y aspiraciones que emplean como bandera para obtener apoyo en las elecciones entran dentro de lo quimérico y porque gracias a esas quimeras ninguno de ellos ha vuelto a dar golpe en su vida.
Pero sería ingenuo despreciar los logros de tan insignes patriotas. Marinaleda, El Coronil, Casariche, son solamente los pueblos más conocidos de la media docena larga que desde la transición han constituido el feudo del SOC y sus creadores. De las prácticas “democráticas” que se han utilizado y se utilizan para controlar a los vecinos de la zona se cuenta y no se acaba. Practicas, a caballo entre las del más puro estalinismo y las del castrismo más paternalista, adornadas con algunos toques de revolución “kultural”, que han permitido a Gordillo y compañía mantener sus cargos políticos-sindicales elecciónes tras elecciónes. El SOC es como un PRI andaluz y desde hace muchos años los municipios dominados por tan singular sindicato constituyen un territorio comanche en los que la cultura occidental y la democracia parlamentaria brillan por su ausencia.
Cada vez que el señor Gordillo o alguno de sus fieles seguidores es noticia en la prensa siento que el sonrojo se apodera de mi cara y debo confesar que en esas ocasiones me avergüenzo de ser andaluz, aunque yo lo sea por decisión propia. La simple imagen de nuestro marinaledito ocupando la portada de un periódico, con su pañuelo palestino y su estética progre-mugrienta, imagen incompatible con el mundo en que los españoles creemos vivir, me produce una mezcla de consternación y tristeza tan enorme que ya no levanto cabeza en todo el día.  Pido a Dios que se apiade de mí y haga que, como le sucedió a Saulo, los señores del SOC se caigan del caballo y vean la luz (o por lo menos las estrellas). 

lunes, 30 de julio de 2012

Llegando al final.

Una muda petición de socorro se reflejaba en los ojos que le miraban con espanto. La boca, entreabierta, dejaba entrar y salir el aire con un sonido ronco y sibilante cuyo ritmo se aceleraba por momentos. El terrible estertor competía con el borboteo del oxígeno en el frasco de agua para romper el silencio que imperaba en la sala. Unos pasos apresurados y unas palabras a media voz le hicieron volver la mirada hacia la puerta. Dos enfermeros de pijama blanco se acercaban a la cama empujando un biombo. La blanca y ligera tela no tardó mucho en formar una muralla que lo liberaba de contemplar la agonía de quien había sido su vecino de cama las seis últimas semanas.
Se llamaba Agustín Ramírez y había ingresado en la sala de San Cosme el mismo día que él. Al principio le pareció la persona más optimista de todas las que había conocido en su vida. Ni la imposibilidad de tragar alimentos sólidos, ni el perenne incordio del tubo del oxígeno en la nariz, conseguían detener el torrente de chistes y gracias que por cualquier motivo surgían de su boca. A las pocas horas de estar juntos ya le había informado de que había sido camarero en el restaurante El Río hasta el día anterior a la operación, bastantes meses después de que le diagnosticaran el cáncer de pulmón. El tabaco, dice el médico. Puede que sea verdad. A fin de cuentas, fumar, lo que se dice fumar, he fumado. Dos paquetes de caldo de gallina al día, y comencé a los catorce. El primer día de estancia en la sala, apenas terminado de instalarse y sin darse un momento de reposo, le había hablado de su familia. La evocación que hizo de su difunta Luisa había sido un canto al súmmum de las virtudes conyugales. Mucho menos fervoroso fue el elogio que dedicó a sus dos hijos. La relación con ellos debía ser bastante menos fluida y mucho más esporádica; uno vivía en Málaga y el otro en Barcelona
La operación, a la que se había sometido Agustín nueve meses atrás, no había servido para gran cosa y el tumor, dotado con nuevos bríos, le estaba cerrando los bronquios además del esófago. A la dos semanas de llegar al hospital su respiración se fue tornando difícil y la angustia comenzó a apoderarse de todo su ser. La alegría y la cháchara de los primeros días dieron paso a silencios taciturnos y a un miedo pánico, perceptible en la expresión suplicante de su mirada. En los dos últimos días ni una sola palabra había salido de su boca.
Durante la noche, el continuo ajetreo tras el biombo no le permitió pegar ojo. La voz suave y enérgica de sor Herminia le mantenía en alerta. Las órdenes de la monja a los enfermeros se alternaban con las palabras de consuelo dirigidas a Agustín. Avanzada la madrugada, el runrún monótono del rezo del rosario se alzó sobre el sonido irregular de la respiración del moribundo. Sin apenas darse cuenta la machacona salmodia lo fue sumiendo en un venturoso duermevela. Faltaba poco para el amanecer cuando un significativo silencio precedió al rodar de la camilla. Un rato más tarde los enfermeros retiraron el biombo. La cama, desnuda de ropas, era el único testimonio del final de una vida.
El grupo de médicos y estudiantes se alejaba por el pasillo tras girar la visita de la mañana y el silencio se adueñaba rápidamente de la sala. Estaba semincorporado sobre el codo izquierdo, con la espalda apoyada en la almohada. Como cada mañana pasaba revista a la amplia estancia: de las dieciocho camas, cinco estaban vacías.
El suelo de San Cosme estaba pavimentado con mármol blanco. Eran losas enormes, casi tan grandes como las camas. Al principio su visión le había causado un enorme malestar pero, al cabo de unos pocos días, la curiosidad prevaleció sobre la aprensión y el suelo se convirtió en un entretenimiento. Cuánto tiempo lleva esto así. La pregunta se la había hecho a Julio, el enfermeros más viejo de la sala. No se lo puedo decir, pero yo llevo más de veinte años en el hospital y siempre lo he visto tal como está. Estoy acostumbrado a verlo y no les presto atención, pero a muchos de los que entran por primera vez los sobrecoge. He conocido algunos enfermos incapaces de mirarlas. Lo peor es para los familiares de los que están graves; más de uno sale de la sala llorando a causa de ellas. No les hubiese costado ningún trabajo ponerlas por el otro lado. Creo que en eso se equivoca usted; seguramente las otras caras no están pulidas. Tiene razón, debieron ponerlas boca arriba para ahorrar trabajo y dinero. El recuerdo de la conversación le hizo sonreír. Miró de nuevo la losa que quedaba al lado derecho de su cama: R.I.P. Dª Emilia Bustamante y Bustamante. Jaén 1821-Sevilla 1887. Tus hijos y tu desconsolado esposo no te olvidan. Se sabía de memoria la inscripción de la losa, como las de todas a las que alcanzaba su vista.
Los pocos amigos y parientes que lo habían visitado en el hospital se habían quedado asombrados por lo macabro de la solería. Especialmente notable había sido la indignación de María, su nuera, el primer día que habían ido de visita. El capellán del hospital fue el único que consiguió apaciguarla. Fue un convenio entre la Diputación Provincial y el Ayuntamiento. No había dinero para pagar pavimentos nuevos y en el cementerio se retiraban cada día las lápidas de las sepulturas que no se renovaban. En aquella época, igual que ahora, los sepultureros se las vendían por cuatro cuartos a los marmolistas, que las reutilizaban de forma más o menos honrada. Más de uno se llevaría una buena sorpresa si viese las lápidas de sus parientes por las caras de atrás. Emplearlas para estos suelos puede parecer fúnebre, pero es una forma de ahorrarle dineros a la diputación. A fin de cuentas, añadió el capellán, no es malo que los enfermos mediten un poco sobre lo efímero de nuestra existencia.
La rutina hospitalaria con su trajín mañanero había mantenido lejos de su mente los acontecimientos de la noche, pero al restablecerse la tranquilidad se le volvieron a hacer presentes los ojos horrorizados y suplicantes de Agustín. Intentó eliminar todo lo sucedido de su pensamiento pero, asaltado por la certeza de una muerte próxima y por la fugacidad de una vida que se le escapaba, le fue imposible alejar de su mente la terrible mirada. Solamente Dios sabía lo que le esperaba. Lo único seguro era que al día siguiente poco después del amanecer, los mismos enfermeros, armados con la misma camilla que había servido para sacar a Agustín del mundo de los vivos, volverían a entrar en la sala para llevarlo a él al quirófano.