martes, 17 de enero de 2012

La magia del juez Garzón.

Tras muchas demoras, se ha iniciado en el Tribunal Supremo la vista oral de la primera de las tres causas en las que está inmerso el "divo" de la justicia española, el único de nuestros magistrados que ha sabido asegurarse un lugar entre las estrellas mediáticas. Al frente del Juzgado Central de Instrucción nº 5 de la Audiencia Nacional desde 1988, el nombre de Baltasar Garzón logró amplia resonancia en los medios de comunicación durante los años noventa gracias a las importantes y llamativas operaciones que su juzgado llevó a cabo para la desarticulación de algunos de los más importantes clanes gallegos del tráfico de drogas.
Trabajador incansable, la actividad del magistrado parecía no detenerse ni de noche ni de día, pero ya en esa temprana época dejó entrever algunos de las facetas negativas que han caracterizado su forma de ejercer la jurisdicción, y que están en el origen de alguno de los hechos por los que el Tribunal Supremo lo juzga ahora a él. En muchas de sus instrucciones ha llamado la atención el escaso respeto por los derechos de las personas investigadas por su juzgado. Como ejemplo basta una muestra: En el caso de la llamada operación «Nécora», llevada a cabo para desarticular la organización criminal encabezada por el narcotraficante Laureano Oubiña, el tribunal que juzgó a los implicados no pudo tener en cuenta como prueba los pinchazos telefónicos ordenados por Garzón durante la instrucción, ya que no los consideraron ajustados a derecho. En la sentencia de ese caso los miembros del tribunal dedicaron cuarenta folios al análisis de las deficiencias legales de las escuchas. El juez no pareció sentirse aludido por las consideraciones del tribunal y achacó la escasa contundencia de las penas que se pudieron imponer a las carencias de nuestro sistema judicial.
A finales de los noventas, y hasta los albores del nuevo milenio, ETA y sus organizaciones afines sustituyeron al narcotráfico gallego como objetivos preferentes del Juzgado de Instrucción nº 5. Los periódicos Egin y Egunkaria, las organizaciones Xaki, Ekin, Jarrai, Haika, Segui y la misma Batasuna fueron investigadas, y a veces suspendidas,  acusadas de formar parte del entramado de ETA. La enérgica actuación de Garzón contra el terrorismo vasco tuvo siempre el aplauso de la opinión pública y el apoyo de la mayor parte de los medios de comunicación. Sus actuaciones solamente eran cuestionadas en esa época por los partidos nacionalistas y, con muy poca resonancia en la opinión pública, por los tribunales que luego entendían de los casos que él instruía. En esos años Garzón era admirado por la mayor parte de los ciudadanos y su fama alcanzaba dimensiones desconocidas para sus compañeros de profesión.
Pero el juez Garzón ya no se conformaba con ser un magistrado famoso. Don Baltasar quería llegar más arriba, mucho más arriba. En 1993 Felipe Gonzales lo ficha para las listas de PSOE en ocasión de las elecciones a Cortes Generales, y Garzón se presenta para el Congreso de Diputados como número dos de la candidatura socialista por la circunscripción de Madrid. Elegido diputado, el juez estrella sufrió el mayor desengaño de su vida. Tras utilizarlo como señuelo electoral, Felipe González no le da el Ministerio de Justicia, o el de Interior, que era lo que el juez deseaba, sino que lo nombra Delegado del Gobierno en el Plan Nacional sobre las drogas. Rumiando su frustración, antes de transcurrir un año Baltasar Garzón dimite de su cargo en el Plan y renuncia a su escaño en el Congreso. Masticando un rencor que no se tomó el trabajo de disimular, el magistrado se incorporó a su juzgado en la Audiencia Nacional. En un año muchas cosas habían cambiado: Felipe González lo había humillado y su venganza será terrible.
A poco de reincorporarse a la Audiencia Nacional, Garzón reabre sus investigaciones sobre el llamado "Terrorismo de Estado" que curiosamente habían estado dormidas en algún cajón de su despacho todo el tiempo que había durado su idilio con Felipe González. Impulsados por Garzón los procesos relacionados con el GAL se convirtieron en la pesadilla de González y de su gobierno. José Barrionuevo, Ministro del Interior y Rafael Vera, Secretario de Estado de Seguridad, fueron acusados por el magistrado de dirigir el grupo terrorista y, aunque el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, a instancia de Vera, invalidó la instrucción realizada por el juez Garzón en el caso Marey por "Ser manifiesta la enemistad entre el juez y el demandante", una segunda instrucción realizada por el juez del Tribunal Supremo Eduardo Moner llevó a los acusados primero a juicio y luego a prisión. Nunca pudo sin embargo Garzón probar que el "señor X" de los GAL hubiese sido Felipe González.
En 1998 Baltasar Garzón abrió un nuevo frente de lucha. Se invistió a sí mismo como defensor urbi et orbi de la ley y el orden con una visión muy amplia de las atribuciones de su juzgado, visión no compartida por otros muchos jueces y tribunales. Una orden de detención internacional contra Augusto Pinochet fue su primera acción en la llamada "jurisdicción universal". Tras Pinochet fueron algunos torturadores argentinos como Adolfo Scilingo los investigados, y a veces juzgados y condenados. Aplaudido por muchos, cuestionado por otros tantos, Garzón había descubierto un nuevo escenario para sus aspiraciones.  Otros muchos personajes, Henry Kissinger, Silvio Berlusconi, Osama Ben Laden entre ellos, sucedieron a los dictadores sudamericanos como objetivos temporales de su meteórica carrera hacia la celebridad internacional.
Pero en los últimos años el escenario se le ha complicado. El intento de abrir una especie de "causa general contra el Franquismo", el sobreseimiento de unas diligencias abiertas a Emilio Botín, concurrente con su petición de dinero al banquero para costear unos cursos que iba a impartir en Estados Unidos y el haber ordenado las escuchas de las conversaciones entre acusados y abogados defensores en el caso Gurtel, dan lugar a una serie de denuncias que, tras ser aceptadas por el Tribunal Supremo, lo han sentado en el banquillo.
No son raras en España las controversias sobre las decisiones de los tribunales y en el caso de los  procesos que tienen a Garzón como acusado no podía ser de otra forma. Un variopinto grupo de organizaciones, ONGs, partidos políticos, etc., autodenominadas progresistas, han orquestado una verdadera operación de acoso y derribo al Tribunal Supremo. En esa operación participan activamente algunos juristas hispano americanos curiosamente interesados en que "el franquismo" sea llevado ante los tribunales. Especialmente significativas y tristes están siendo algunas de las circunstancias que rodean los procesos: Los intentos de internacionalizarlos poniendo en tela de juicio la capacidad de nuestro sistema judicial y la estrategia de retrasar de forma sistemática las causas mediante la utilización de todas las argucias legales posibles. En los dos casos Baltasar Garzón ha sido el agente más activo y sus actuaciones, recusaciones, solicitud de pruebas testificales, etc. siempre han estado encaminadas a minar la credibilidad del Tribunal Supremo.
Es muy curiosa la figura de un magistrado que va proclamando  dentro y fuera del país  la supuesta existencia de una "conspiración"  que invalida para juzgarle a la práctica totalidad de los jueces del Supremo que han de entender de los causas abiertas contra él. Al descalificar a los jueces del Supremo, Garzón ha descalificado  un sistema judicial del que él mismo forma parte, y sobre el que, hasta estos momentos, nunca había manifestado reservas.
Garzón y sus corifeos están haciendo un flaco favor al prestigio de la justicia española. Esperemos que una vez acabados los procesos, y cualquiera que sean las sentencias, se impongan la serenidad y el buen juicio.


lunes, 16 de enero de 2012

Nada nuevo bajo el sol.

Entrada tomada prestada del blog de Emilio Díaz.

 Habla Polibio sobre una materia que te suena agoreramente moderna.
[5] ἐπέσχεν ἐν τοῖς καθ’ ἡμᾶς καιροῖς τὴν Ἑλλάδα πᾶσαν ἀπαιδία καὶ συλλήβδην ὀλιγανθρωπία, δι’ ἣν αἵ τε πόλεις ἐξηρημώθησαν καὶ ἀφορίαν εἶναι συνέβαινε, καίπερ οὔτε πολέμων συνεχῶν ἐσχηκότων ἡμᾶς οὔτε λοιμικῶν περιστάσεων. [6] εἴ τις οὖν περὶ τούτου συνεβούλευσεν εἰς θεοὺς πέμπειν ἐρησομένους τί ποτ’ ἂν ἢ λέγοντες ἢ πράττοντες πλείονες γινοίμεθα καὶ κάλλιον οἰκοίημεν τὰς πόλεις, ἆρ’ οὐ μάταιος ἂν ἐφαίνετο, τῆς αἰτίας προφανοῦς ὑπαρχούσης καὶ τῆς διορθώσεως ἐν ἡμῖν κειμένης; [7] τῶν γὰρ ἀνθρώπων εἰς ἀλαζονείαν καὶ φιλοχρημοσύνην, ἔτι δὲ ῥᾳθυμίαν ἐκτετραμμένων καὶ μὴ βουλομένων μήτε γαμεῖν μήτ’, ἐὰν γήμωσι, τὰ γινόμενα τέκνα τρέφειν, ἀλλὰ μόλις ἓν τῶν πλείστων ἢ δύο χάριν τοῦ πλουσίους τούτους καταλιπεῖν καὶ σπαταλῶντας θρέψαι, ταχέως ἔλαθε τὸ κακὸν αὐξηθέν. [8] ὅτε γὰρ ἑνὸς ὄντος ἢ δυεῖν, τούτων τὸν μὲν πόλεμος, τὸν δὲ νόσος ἐνστᾶσα παρείλετο, δῆλον ὡς ἀνάγκη καταλείπεσθαι τὰς οἰκήσεις ἐρήμους, καὶ καθάπερ ἐπὶ τῶν μελιττῶν τὰ σμήνη, τὸν αὐτὸν τρόπον κατὰ βραχὺ καὶ τὰς πόλεις ἀπορουμένας ἀδυνατεῖν.
La carencia de natalidad y la escasez de población se han abatido sobre toda Grecia en nuestro tiempo. Sucede, por ello, que las ciudades se han despoblado y empobrecido, aunque no hayamos tenido guerras continuas ni epidemias. Si alguien hubiera aconsejado enviar emisarios a los dioses para preguntarles acerca de esto qué podríamos decir o hacer para ser más numerosos y habitar ciudades más prósperas, ¿no habría parecido un iluso puesto que la causa es evidente y la solución se halla entre nosotros? Cuando los seres humanos se vuelven arrogantes y codiciosos además de negligentes y se niegan a casarse y, si lo hacen, a criar apenas a uno o dos de los muchos hijos que nacen con idea de conservarles la riqueza y criarlos confortablemente, el mal crece rápidamente de forma inadvertida. Si hay uno o dos, cuando al primero lo arrebata la guerra y al segundo la enfermedad que acecha, está claro que las casas se quedan por fuerza vacías y como los enjambres de abejas, del mismo modo las ciudades, sumidas en la pobreza, en breve tiempo pierden su vigor.
Polibio, XXXVI 17.5-8.

domingo, 15 de enero de 2012

Nuestra tierna Infanta.

Las andanzas financieras del señor Urdangarín se han convertido en una fuente inagotable de noticias. Un día tras otro los titulares en primera plana de algún periódico de cobertura nacional nos ilustran sobre nuevos detalles del tinglado empresarial del señor duque de Palma. Tinglado empresarial que ha venido utilizando para  eso que en términos coloquiales llamamos forrarse. Ganar dineros a espuertas en el mundo de los negocios no es recriminable en si mismo, e incluso podría ser una muestra de bien hacer empresarial. El hecho de que don Iñaki haya obtenido sus beneficios con métodos poco ejemplares, como diría la Casa del padre de su señora esposa, alejan su figura del prototipo de empresario modelo y la sitúan en el centro de un patio de Monipodio, aunque con notable desventaja ética del señor duque frente a unos personajes cervantinos marcados por la miseria y la ignorancia. Pero, incluso si la justicia llegase a considerar delictivos sus manejos, nada en ese triste asunto tendría gran relevancia para un  país en el que muchos gobernantes, políticos, banqueros, empresarios, deportistas, sindicalistas y un largo etcétera de ciudadanos diverso, compiten por defraudar, estafar, y robar de todas las formas posibles sin el menor reparo ni sonrojo. Es el hecho de ser marido de la Infanta Cristina lo que ha dado a las actividades del señor Urdangarín sus tintes de gran escándalo merecedor de las primeras planas de diarios y revistas. Pertenecer a la familia del Rey tiene, como casi todo en la vida, una cara buena y una mala. La cara buena ha permitido a un señor de muy dudosa preparación intelectual gozar de un nivel económico y de una posición social a todas luces envidiables. La cara mala ha hecho que, una vez levantada la liebre de sus pifias mercantiles, los medios y la opinión pública lo hayan juzgado y condenado sin tener en cuenta la tantas veces invocada presunción de inocencia. La opinión pública, sorprendida y ofendida por la impudicia de sus acciones, lo ha juzgado de una forma implacable y ha emitido ya un veredicto de culpabilidad; veredicto que el señor duque ha propiciado con sus oscuros silencios. La suerte está echada  y, en prisión o en las playas de Cacún, don Ignacio Urdangarín será siempre para la mayor parte de los españoles un prototipo de sinvergüenza.
Pero son muchos los que, la vista de las dimensiones que ha ido adquiriendo el asunto, se preguntan por la implicación que haya podido tener la Infanta Cristina en los tejemanejes de su marido. Hasta ahora la mayor parte de los medios han optado por aceptar como dogma de fe la supuesta ignorancia de la hija del Rey en todo lo relativo a los negocios de su marido. Una ignorancia que no concuerda con el hecho de que el matrimonio comparta al cincuenta por ciento la propiedad de una de las empresas implicadas en las turbias manipulaciones del dinero público y con que la firma de doña Cristina aparezca en algunos documentos de relevante interés para la investigación de los hechos. Se está queriendo presentar a la Infanta como una persona en todo ajena a los asuntos económicos, como si en lugar de ser una mujer adulta doña Cristina estuviese todavía en su más tierna infancia, o como si fuese una "maruja" incapaz de entender de números. ¿O quizás pretendan algunos que la veamos como una mujer tan enamorada que encaja de lleno en la arcaica categoría de "hembra boba, sumisa y adorante que pasa por todo"?
Seamos sensatos, doña Cristina de Borbón y Grecia no es boba ni es inmadura, doña Cristina es una mujer adulta que tuvo una esmeradísima educación, una mujer adulta que trabaja en una entidad financiera, una mujer adulta que ha podido tener siempre a su disposición los mejores asesores financieros y fiscales del país.
No. Doña Cristina de Borbón no es una "tierna Infanta" y, al margen de sus responsabilidades legales, el sentido común debería indicarle que tiene que renunciar a los derechos de sucesión a la Corona  para ella y para sus hijos.  La necesidad es más que evidente; Ningún español quiere tener un "rey Urdangarín", bastantes inquietudes les producen los Borbones.

viernes, 13 de enero de 2012

Días de caviar y coca.

Pocos españoles de bien habrán dejado de sentir repugnancia al oír una y otra vez en los noticiarios de radio y televisión la voz gangosa de Ricardo Costa Climent diciéndole a Álvaro Pérez, conocido como en el mundo de la basura y la podredumbre como el Bigotes, "necesito cien gramos de caviar...   para la cena de nochebuena".  Estas líneas  las escribe alguien que se encuentra entre aquellos que no pueden ni podrán comprender jamás que un partido político, en este caso el Popular,  admita en sus filas, confíe puestos de responsabilidad y, llegado el caso, proteja, a individuos que, en cuanto abren la boca, son fácilmente encajables en la categoría de los seres babosos y rastreros. Pero el señor Costa no está solo en el mundo de la inmundicia. El juicio que se desarrolla en Valencia está siendo demoledor para los encausados y, tras las declaraciones de los testigos y la audición de la grabaciones, es difícil entender como el señor Camps pudo llegar a ocupar la presidencia de la Generalidad valenciana. Está quedando claro que el señor de los trajes carece, no solamente del mínimo de integridad exigible para alcanzar tan alta magistratura, sino también de la inteligencia necesaria para saber lo que, en su propio beneficio, le hubiese convenido hacer una vez desencadenado el lastimoso affaire de su fondo de armario. Nadie sensato piensa hoy que la falta de ejemplaridad, que diría la Casa del Rey, de los señores Camps y Costa se haya limitado a recibir regalos de mediano valor y dudoso origen a cambio de nada. Fuere el que fuere el resultado del juicio, la sombra del cohecho, del enriquecimiento ilícito, de la financiación ilegal del partido, de la corrupción en el más amplio de los sentidos, tardará mucho tiempo en abandonar a los políticos del PP valenciano, que se empeñaron en defender lo indefendible impulsados seguramente  por ese "espíritu de cuerpo" que tan extendido está entre nuestros políticos y que tanto daño ha hecho y hace al país.
Pero lo que más entristece a muchos es saber a ciencia cierta que ninguno de los partidos políticos que dicen servir el buen gobierno de nuestras instituciones resiste el más somero análisis de su gestión sin tener que repartir previamente pinzas para la nariz. Los "cien años de honradez", que según los miembros del PSOE eran la garantía que presentaba su partido en 1977, fueron el preludio de cuarenta años en los que la corrupción ha sido la constante identificadora de los gobiernos del puño y la rosa. La Cruz Roja, el Boletín Oficial del Estado, RENFE, la Guardia Civil, fueron algunos de los organismos en los que los gestores colocados por Felipe González nos dieron unas lecciones magistrales del arte de las mangancias y los latrocinios. Los negocios de "el henmamo de su henmano" dieron al traste con cualquier pretensión que pudiera haber tenido Alfonso Guerra de pasar "limpio" a la historia. Pero quizás seamos los andaluces los que hemos tenido que contener las arcadas  más veces. Los cuarenta años de gobierno socialista en nuestra comunidad han estado jalonados por mil escandalosos asuntos que ni siquiera el poder omnímodo del régimen, encabezado durante una eternidad por mi paisano Manuel Chaves, pudo evitar que saliesen a la luz. El heredero de Chaves, el muy anodino señor Griñán, está pasando los últimos meses de su reinado chapoteando en el fango de los ERE, de los negocios del Clan Chaves y de los mil asuntos sucios de los munícipes socialistas. Nadar en ese cúmulo de basura no debe ayudarle a conciliar el sueño, pero lo que quizás le esté obligando a  tomar cada noche una buena cantidad de somníferos es el salto a la luz pública del asombroso negocio del antiguo Director General de Trabajo de la Junta, Francisco Javier Guerrero, y  su chofer, Juan Francisco Trujillo. El glorioso y afamado director general de los ERES, que durante una decena de años manejó con la liberalidad de un Craso muchos millones de euros del erario público en beneficio de sindicalistas y amiguetes diversos, concedió a su conductor "subvenciones fáciles" por más de un millon de euros  y luego los dos compartieron  amigablemente la cocaína y otras "delicias" compradas con tan honorables dineros. El asunto es tan repugnante que hasta el más infame de los socialista no podrá dejar de sonrojarse cada vez que vea los titulares de los periódicos.
Triste país el nuestro que, tras cuarenta años de "democracia", solamente ha conseguido llegar a estos alegres "días de caviar y coca".

jueves, 29 de diciembre de 2011

Las cuentas de Su Majestad: En picos, palas y azadones....

De acuerdo con la Constitución, la Casa del Rey recibe anualmente una nada despreciable asignación dineraria a cargo de los presupuestos generales del estado. Y de acuerdo también con la Carta Magna, S.M. el Rey puede disponer libremente de lo asignado a su casa sin obligación de rendir cuentas del destino de esos caudales ante ningún organismo fiscalizador. Esta ausencia de control de unos dineros salidos de los bolsillos de todos los españoles es uno de los muchos disparates que trufan nuestra ley de leyes. Situar al Rey por encima del bien y del mal no es algo que guste a ningún español y contribuye notablemente a dar solidez a los argumentos, no siempre insensatos,  con los que muchos reclaman el advenimiento de la Tercera República negando legitimidad a la vigente monarquía y equiparando a la familia real con una panda de gorrones irresponsables.
Tras treinta años de un oscurantismo "plenamente constitucional" en los que el destino de esos dineros ha sido un secreto secretísimo, y a raíz de las "poco ejemplares" aventuras empresariales del señor duque de Palma,  la Casa del Rey, sin duda abochornada por sus injustificables silencios ante los desvaríos legales del "yerno de S.M.", tuvo a bien anunciar a bombo y platillo que antes de final de año se harían públicas las partidas que conforman el presupuesto, aunque no se darían detalles de los gastos personales de los  miembros de la familia real. Como lo prometido es deuda y nobleza obliga, los tan esperados números se hicieron públicos  y todos los ciudadanos se han lanzado sobre los periódicos  para matar el gusanillo de una curiosidad no siempre exenta de morbo. La desilusión ha sido enorme.
Cuentan que, tras las victoriosas campañas en Italia que le hicieron pasar a la historia como el Gran Capitán, don Gonzalo Fernández de Córdoba se sintió terriblemente ofendido por la "mezquina pretensión" de Fernando el Católico de hacerle rendir cuentas de los gastos de sus campañas, y, a modo de protesta, le envió un memorando con sus famosas cuentas: "En picos, palas y azadones he gastos cien mil millones....."  En la ocasión que nos ocupa parece que ha sido el monarca el que se considera ofendido por tener que dar cuentas del destino del dinero y con una falta de seriedad impropia de su noble cuna,  responde a la demanda del pueblo soberano con respuestas del estilo de:"En gastos de personal, cuatro millones de euros....", "Como asignación a las mujeres de mi familia,  trescientos setenta mil euros ....."  "Para gastos imprevistos doscientos mil euros... ", En gastos de representación, míos y de mi heredero, doscientos veinticinco mil  euros.." etc. etc.
Si increíble parece la ridícula pretensión de que la publicación de unos cuantos  números sobre los grandes capítulos del presupuesto suponen rendir cuenta de los gastos de la Casa Real, más increíble aún es la asombrosa unanimidad con la que la mayor parte de los  medios  y de los  agentes sociales han dado por buenas las cuentas y han alabado el "generoso proceder del Rey". Parece que, en lugar de ciudadanos, en el país solamente existiesen súbditos obedientes y cortesanos agradecidos. Bien harían algunos en meditar sobre el flaco favor que  la ausencia de críticas por parte de los que dicen defenderla hace a la credibilidad y legitimidad de la institución monárquica.

viernes, 23 de diciembre de 2011

En loor del fumador.

Los humanos somos poco dados a aceptar de buen talante que se  nos retiren derechos, se nos prohíban usos o se discutan nuestras tradiciones. La historia es pródiga en ejemplos de las grandes dificultades que suelen entrañar para los gobernantes los intentos, generalmente amparados en motivos muy loables, de hacer desistir a sus gobernados de algunos hábitos  más o menos reprobables y más o menos inveterados.
Sería maravilloso poder conocer los pensamientos que rondaba por la cabeza del  muy ilustrado don Leopoldo di Gregorio cuando, en los primeros días de abril del año 1776, embarcaba en el puerto de Cartagena rumbo a Nápoles. Seguramente el señor marqués de Esquilache, Squilacce en su italiano natal, estaría intentando digerir el que un vulgar tumulto protagonizado por el populacho de Madrid le hubiese hecho perder el favor de Carlos III y lo obligase a abandonar España.
Aquel afamado motín, que logró que el título de don Leopoldo haya estado desde entonces entre los más populares de nuestro país, tuvo su verdadero origen en la desesperación del pueblo por la carestía del pan, desesperación que fue convenientemente instrumentalizada contra el marqués por los intrigantes de palacio, pero fueron las ordenanzas que prohibían el uso de chambergos y capas largas las que actuaron como detonantes y desencadenaron la ira del populacho contra el todopoderoso ministro del rey. Las víctimas más directas de la algarada fueron un par de docenas de soldados de la odiada Guardia Valona, que pagaron con la vida el cumplir con su obligación de defender el Palacio Real; el populacho madrileño, como anticipo de un comportamiento que se generalizaría durante la invasión napoleónica, descuartizó y echó a la hoguera a los desdichados guardias que cayeron en sus manos.
Hay que  tener en cuenta que el denostado marqués, que había sido el artífice de las notables mejoras urbanísticas que hicieron que Carlos III pasase a la posteridad como "el mejor alcalde de Madrid", no era el padre de las ordenanzas que intentaban modificar el atuendo popular, su error fue empeñarse en hacer cumplir unas normas, vigentes desde tiempo atrás pero ignoradas por todos, que pretendían impedir que los maleantes escondiesen las armas bajo las capas y los rostros tras los embozos y las alas de los chambergos.
Desde hace muchos años, alcaldes y delegados gubernativos de toda España saben muy bien que cualquier intento de erradicar el consumo masivo de alcohol en la vía pública, consumo masivo que caracteriza a las populares botellonas, suele terminar en alteraciones del orden público (el clímax se alcanzó en los desórdenes acontecidos en  Cáceres en el año 1991).  Se trata las más de las veces de rebeliones que, salvando el hecho de que las muchedumbres desmadradas ya no descuartizan a los guardias, podríamos muy bien equiparar con el motín madrileño que acabó con la carrera española del marqués de Esquilache. Estos motines, que se han plasmado en numerosos enfrentamientos de los bebedores gregarios con las fuerzas de orden público, han logrado que las ordenanzas municipales que intentan combatir las botellonas sean, al menos en un buen número de nuestras ciudades, simples papeles mojados. Poco ha importado, ni importa, a los rebeldes alcoholófilos y a las claudicantes autoridades, que al amparo de los botellonas proliferen riñas con armas blancas que dejan cada año un buen número de muertos y heridos,  y que en ellos se inicien en un consumo desenfrenado de alcohol muchos de nuestros menores.
La resistencia violenta a los intentos de control del consumo de alcohol en la vía pública contrasta con la resignación educada y civilizada con la que los fumadores han ido aceptando los sucesivos envites a su libertad que el furibundo talibanismo antitabáquico ha ido propiciando al amparo de criterios sanitarios no demasiado científicos y a imitación del pseudopuritanismo anglo americano. Expulsados del interior  de bares y restaurantes, los sufridos consumidores de Ducados y L&M componen escenas  patéticas en las inefables terrazas improvisadas a las puertas de los establecimientos. Soportando el frío, el viento y la lluvia, aquellos que fueron siempre los más fieles y rentables clientes de la casa, contemplan por las ventanas unas barras medio vacías a las que ellos  no tienen acceso por estar reservadas para los enemigos del humo, que muchas veces brillan por su ausencia.
Es cierto que el consumo de tabaco no es recomendable, es cierto que la relación del tabaco con la EPOC y con el cáncer está claramente establecida, es cierto que en locales mal ventilados el humo del tabaco es inaceptable. Pero entre todo ello y la histeria del "fumador pasivo" que ha conducido a las prohibiciones actuales, media el derecho a gozar de esa libertad que permite a cada humano aceptar voluntaria y conscientemente los riesgos  que conllevan una buena parte de sus actividades. sean estas laborales, deportivas o lúdicas. Sería maravillo que los enemigos del humo se mostrasen tan respetuosos con los derechos de los fumadores como respetuosos han sido ellos con unas normas que, con motivaciones pretendidamente sanitarias,  han cercenado sus libertades.

martes, 20 de diciembre de 2011

Patria y Patriotismo. Emilio Díaz Rolando

Entrada tomada prestada del  blog de Emilio. "Libro de Cuentas"
Conceptos como Patria y Patriotismo suelen precisar de las mayúsculas. Los hunos hinchan su pecho mientras la mente se empina hacia el ondear de las banderas y los héroes, hacia la divinidad protectora y el humo de la pólvora que la difunde, hacia el dulce vino del pasado glorioso. Los hotros, aunque abominen aparentemente de conceptos tales, retienen también su simbología y sus ansias. Presumen de sus banderas, sus divinidades, sus héroes, el humo de sus pólvoras y la esperanza embriagadora de un futuro en Utopía. Da igual sentirse Luz de Trento que Faro Iluminador de la Alianza de Civilizaciones. Y a ti que se antoja que ser patriota es no tirar un papel en la calle, firmar un contrato consciente de que tu honor va en cumplir hasta la última letra de su contenido. Sin más. A ti te gustaría pensar que ser patriota es ver en tu vecino un ser al que respetar, no un enemigo al que batir con tus preferencias musicales o tus aficiones a la carpintería; que ser patriota es no cobrar el subsidio de paro mientras ganas el triple haciendo chapuzas a todas horas. Querrías creer que amar a la Patria no es coger un fusil y matar enemigos (que se debería hacer si fuera preciso), sino cuidar ese parque, recoger las defecaciones de tu perro y presumir, luego, ante el foráneo de que tu ciudad, tu barrio, son los más hermosos, los más limpios, los más acogedores del mundo. Anhelarías confiar en que ser patriota es salir a los campos de tu Patria y recoger minuciosamente tus desperdicios, es pagar tus impuestos y no llevarte la chuleta al examen. Soñarías, en fin, con ser patriota como los suizos, que dejan los periódicos en plena calle junto a una latilla con monedas. Todos pagan y todos recogen, si es preciso, el cambio justo. Sin más. Qué emoción entonces cuando oyeras tu Himno y vieras ondear tu Bandera. Qué orgullo de Patria.